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PASEO OTOÑAL POR CIUDAD RODRIGO (II)

PASEO POR CIUDAD RODRIGO (II)

Continuamos hoy nuestro paseo donde lo dejamos en el post anterior. Media hora de recorrido completo poseen nuestras murallas de más de dos kilómetros de perímetro: ese cordón pétreo de cuna medieval al que el condenado arte de la guerra dictó su moda más cruel para que en el siglo XVIII mudasen su percha  con  un caprichoso y elegante traje compuesto por un rompecabezas de adarves, contrafuertes, revellines, fosos contraescarpas y falsabragas que, años más tarde,  habrían de causar asombro hasta en la corte parisina del mismísimo Napoleón Bonaparte, empeñadas tan heroicamente en tejer el principio del fin de los caprichos de tan corso modisto. Desde sus fosos es posible ver esta magna construcción defensiva con otros ojos, no pudiendo evitar pensar en las sorpresas que aún nos han de deparar en futuras investigaciones: ya que, cuando la moderna construcción envolvió a la medieval se tragó literalmente varias de las casas que estaban en medio de la ampliación y que, de vez en cuando, como sucedió en fechas recientes salen de su forzado escondite para causar la admiración y el asombro de quien las rescata del dulce sueño de los justos.

En otro orden de cosas menos terrenales, tenemos a la iglesia de Cerralbo nacida del empeño humano en agradar y engrandecer a Dios y empequeñecer al resto de los hombres, y que  continúa empeñada en pleno siglo XXI en estirar su anillada cúpula para ensombrecer, en una eterna rivalidad, la mismísima Catedral. Pero seamos justos, démosles una mención más que merecida a las dedicadas a San Pedro, ya que, si se pudiera sumar lo anciano de sus muros con las variadas soluciones de su arquitectura, nos daría la nada desdeñable cifra de seis siglos o la Tercera Orden, donde la sobriedad de su columnata sostiene la calmada, pero, al mismo tiempo, inquietante mirada del óculo del cuerpo superior. Finalmente, San Agustín y su gigantesca silueta encorsetada en entre tanta callejuela… Su imponente mole trae a la memoria paralelismos con la imponente fábrica dominica de Salamanca.

Como nobleza obliga y de esto Ciudad Rodrigo sabe mucho vayámonos ahora hasta el espléndido Palacio de los Águila es mudo testigo a la vez de la elocuencia de su pasado y del calmado sosiego que desprende el fino lenguaje con el que con tanto mimo fue labrado su patio.  

En esta serie nobiliar y palaciega no podrían faltar de nuestra alineación titular nombres como Chaves (con sus gloriosos cañonazos al área rival), Montarco, Gómez de Silva, del Ceño, Vázquez, Moctezuma o el fichaje más joven de todos ellos: el de la marquesa de Cartago

Otra sorpresa, esta vez nacida en el siglo pasado, es la Plaza Buen Alcalde, de color blanco y ocre que conforma un trozo de Andalucía en Castilla, denotando parte de ese fervor y relación de nuestra tierra con las gentes del sur como cruce de caminos que enlazan tauromaquia y fiesta.

Pero de plazas señeras y con personalidad, donde cada detalle es un pequeño lujo para la vista andamos, bastante sobrados, No ya sólo la visitada Plaza Mayor, eterno escenario de los acontecimientos, vaivenes, idas y venidas de su habitantes Si no que le pregunten, por sólo citar un par de ejemplos, a nuestro primer repoblador el conde Rodrigo o a nuestro ilustre literato Cristóbal de Castillejo por los espacios que les hemos dedicado: A buen seguro se sentirían embargados por la dicha de vivir para siempre entre nosotros en tan hermosos rincones.

Y esta relación aún no habría terminado, pero no pretendo hacer una enumeración total de todo aquello que se puedo visitar y/o contemplar murallas adentro, pues estas breves líneas tan sólo desean ser un breve repaso de sensaciones propias y extrañas que la hospitalidad de las calles farinatas suscitan.

Quisiera, llegados a este punto del camino, romper una lanza en favor del histórico Arrabal de San Francisco. Asombra ver los rastros de su tan injustamente olvidada historia.  De origen medieval, poseía en esos tiempos tanta o más importancia que el ahora recinto amurallado y digo ahora pues esta zona también poseyó muros defensivos quienes como muchas de sus calles fueron injustas víctima de guerras, expropiaciones y demás derribos. Hoy, los restos de su gran pasado reclaman a gritos el lugar que les corresponde en nuestra fecunda Historia.

Pero Ciudad Rodrigo también es de los pequeños detalles.  Quien al ver la  esculpida en bronce mano de Benlliure en la calle Juan Arias no  desearía una de sus caricias,  o como permanecer impasible ante la delicadeza de las figuras que interpretan su papel en la fuente de la Plazuela de Béjar, ¿dónde mejor que en este lugar para satisfacer la curiosidad de unos ojos inquietos, para recorrer cada detalle de un retablo, de una placa, de una estatua, o jugar a  ser detective para rastrear  cada detalle que nos deja poco a poco una de sus muchas leyendas?

Y es que, amigos, se necesita toda una larga vida para beberse cada uno de esos hitos que van surgiendo de esquina en esquina a lo largo de nuestra urbe.