El otoño es una estación que invita a un paseo tranquilo y sosegado por las calles de la vieja Miróbriga. Un tiempo para la reflexión sobre la historia y la belleza que atesoran todos y cada uno de sus hitos monumentales, que, sin dejar de ser los mismos de otras épocas del año, te ofrecen otro tipo de sensaciones, las cuales hacen de esta época del año una ocasión única y llena de encanto para sentirte a gusto contigo mismo y tomar un pequeño descanso para desconectar de los asuntos y obligaciones del día a día, al tiempo que te damos a conocer sus aspectos y tradiciones más destacadas.
Acompáñanos en nuestro recorrido de dos etapas que nuestro blog tiene la ocasión de ofrecerte.

PASEO OTOÑAL POR CIUDAD RODRIGO (I)
Como bien es sabido, se ha dicho, y escrito, mucho sobre Ciudad Rodrigo a lo largo de todos estos siglos de existencia de la ciudad, por lo tanto, no pretendo hacer novedad ni descubrir lo nunca suficientemente descubierto tarea complicada e inspiradora a la par, por lo que, me encomiendo pues a la labor, siempre gratificante, de configurar un recorrido artístico y sentimental por lo variado de sus calles y plazas, sus rincones y riberas, pero también por la necesidad de dotar a todos esos lugares asimismo de un pequeño espacio reivindicativo, tan necesario en estos tiempos inciertos por los que transitamos puesto que somos responsables en la medida de nuestras posibilidades de que todos los atractivos que al presente posee la urbe, sean transmitidos en todo su esplendor como así hicieron quienes nos enseñaron a cuidar, amar y respetar todo ese amplio y rico legado.
Son tantas las cosas que podría decir y tanto el hilo del que tirar que uno teme acabar exhausto y deslumbrado una vez por el brillo áureo de sus piedras el verde de sus parques y riberas o caer presa del delirio carnavalero que supone esa explosión de gentes al son de una campana que refleja al mismo tiempo tanto misterio, tanta alegría y tanto desafío a la muerte al compás de sus solemnes latidos.
Muestra de la singularidad emanada de esta fiesta es la plaza de toros construida como siglos ha, al pie de su Casa Consistorial, donde uno se siente, frente y bajo sus frágiles pero firmes tablaos de madera, lo más cerca que ha podido estar de un viaje en el tiempo y es que, por estos lares la vida no se mide en años, se mide en los Carnavales que te queden por vivir. Bien lo saben los toman parte en el desafío que supone durante estas fechas participar de sus encierros taurinos conformando un antiguo desafío entre mozos y astados por dirimir energía, fuerza y agilidad entre un mar de adrenalina, emoción, nervios… y algún que otro inoportuno sobresalto.
Pero mucho antes que los carnavales aparecieran en escena, fueron los guerreros vetones los que recorrieron sus tierras. Aquí ubicaron para siempre la estatua del famoso Verraco, símbolo, entre otros, de la lucha entre tribus de la vieja Iberia, el cual es capaz en su nobleza y dentro de su nueva función, de soportar pacientemente sobre sus ancianos lomos los juegos de miles de niños locales y visitantes que han osado tomarlo como cabalgadura quizá porque, en el fondo le recuerdan el valor de quienes lo esculpieron con tanto ahínco.
Aunque la Arqueología ha dado pruebas evidentes de la romanización de la ciudad desde que en el Siglo XVI se hallasen las III Columnas símbolo, santo y seña de la urbe, el grueso de las entrañas de la antigua Miróbriga cuna de nuestro gentilicio (mirobrigense), están, según los expertos, aún por hallarse, acrecentando de ese modo el misterio y el atractivo que constituye hoy en día el hipotético hallazgo su lugar de ubicación.
Este pequeño paseo debe detenerse ahora a la sombra de su Catedral como gran compendio de varios estilos arquitectónicos reflejo de distintas épocas y mentalidades que la convierten en el verdadero libro en piedra del devenir histórico rodericense.
Pero la imponente seña de identidad de la población por antonomasia la constituye el Alcázar, el cual aún hoy vigila silencioso el sueño del común de los mortales. Sus cimientos, otrora regados con sangre, sirven hoy de parada y fonda a invasores que necesitan de la paz y sosiego que sus gruesos muros y jardines otorgan.
